martes 27 de octubre de 2009

Crónicas del paro

Soy un tío al que en lo personal no le suele ir bien.

Bueno, la verdad es que soy un tío que se queja por todo.

Si soy objetivo, en realidad debería estar agradecido. Nací en el seno de una familia acomodada. No tuve zapatillas de marca ni kit-kats para merendar, pero me educaron en la creencia de que un nombre conocido no justifica un precio ni es sinónimo de calidad. Tengo más amigos de verdad que gente que tiene muchos más amigos que yo. No soy feo aunque a veces lo parezca y, aunque desaprovechado, tengo talento para hacer muchas cosas que a otros les gustaría hacer.

Ahh, por cierto, no tengo abuela.

Soy consciente de que siempre queremos lo que no tenemos y de que a menudo me quejo de vicio. Siempre pienso que lo que no tengo es lo que acabará por darme la felicidad. Hasta hace tiempo me conformaba porque, a escala reducida, había tenido éxito en lo profesional. Con éxito me refiero a que había estado trabajando regularmente, que ya es bastante.

En Junio terminé mi último trabajo, y desde entonces no he vuelto a la vida laboral. Si me salto a la torera Julio y Agosto (por aquello de las vacaciones), llevo dos meses en paro. Supongo que es poco para los tiempos que corren.

Pronto entré en la rutina de levantarme a la hora de comer y pensar a menudo aquello de "ya mañana si eso". Al llegar el jueves la cosa cambiaba: "ya el lunes si eso". Y las semanas fueron pasando.

Miraba a diario las ofertas de las bolsas de empleo de internet solo para convencerme cada vez más de que sitios como Trabajar.com o Monster son leyendas urbanas, tapaderas de redes de trata de blancas, experimentos sociológicos de formas de vida alienígenas. Me decidí a probar al estilo cowboy solitario que ya funcionara en otras ocasiones (Beard Papa, Fnac), currículum en mano, cigarrillo de liar (consecuencia de mi menguada cuenta bancaria) y pies para qué os quiero.

A través de internet reuní información para crear un listado de productoras a las que poder entregar mi currículum. Encontrarlas no fue fácil por internet. Tampoco lo fue en la calle. Muchos de los sitios a los que fui ya no existían. Las páginas que encontré estaban desactualizadas. El trabajo de varias semanas reuniendo información se cachondeaba de mí en su descenso por el sumidero.

La semana pasada fuí a un taller de búsqueda de empleo en el sector audiovisual. Lo impartía Víctor, un colega. Gracias a él descubrí una página web que contiene información sobre miles de empresas, agrupadas por sector y actividad y que anualmente comprueba sus datos para mantenerse siempre actualizada.

A partir de ahí continuaré mi búsqueda de empleo, habiendo aprendido una valiosísima lección:

A veces los arbustos no te dejan ver el bosque.

U otra casi mejor:

A veces los nombres conocidos sí son sinónimo de calidad.

sábado 3 de octubre de 2009

Los ojos del destino

Llego a casa a las tres y algo de la mañana, después de tomarme una cerveza en el Star Rock Legend, un garito de heavy metal del barrio decorado con gárgolas de poliespán, fotos de Pilar Rubio y una espada de casi dos metros de alto detrás de la barra.

Coloco mi paquete de tabaco (comprado en el sitio) encima de la mesilla.

Es entonces cuando lo veo.

Hoy me pasaré por el Rock Star antes de salir.

Hoy miraré directo a los ojos del puto destino.

viernes 25 de septiembre de 2009

Sobre la foto del metro

Era el verano de 2008, un domingo si no recuerdo mal. Estábamos en la estación de autobuses de Barcelona esperando a que llegase el nuestro para volvernos a Madrid. Recibí un mensaje de mi padre: “sales en un anuncio de El País de hoy”. Cualquier otra persona hubiese flipado en colores, yo no. Cuando trabajaba en Londres aparecí vestido de panadero en un periódico japonés. Uno acaba acostumbrándose a esa mierda.

Fui a una tienda de la estación en la que vendían periódicos, con curiosidad pero sin emoción, y encontré El País. La dependienta me miraba desconcertada, un mochilero sucio, con cara de sueño y posiblemente con resaca hojeando rápidamente uno de sus productos a la venta.

.-Oiga señor, ¿qué hace?

.-Oh, nada, nada, es que me ha dicho mi padre que salgo en el periódico.

.-Amm, vale…

.-Jaja, mire, mire, aquí está mi foto.

.-...


Y allí estaba yo, con mis gafas, mi perilla y unos cascos delante de un ordenador editando con Avid en un stan del Rock in Río. La cara sonriente, mirando a cámara, y la camiseta blanca del festival que sólo me puse el primer día. El yerno perfecto. El estudiante modelo. El estereotipo del editor.

No le dí mayor importancia, aún habiendo visto que debajo de mi foto habían puesto mi nombre. Redoble de tambor. Bombazo informativo: el tipo que me hizo la foto no solo es el jefe de estudios del lugar donde estudié, también es mi vecino y me conoce desde que era un niño. Me lo tomé como una gracieta simpática por su parte.

La semana pasada recibí un e-mail, y cito textualmente:

"JOJOJO, no sabia que ahora eras el modelo de tu escuela para promocionar el curso de realización, ayer te vi en el metro macho pide derechos de autor".

Siete días después ya eran cinco las personas que decían haberme visto en un cartel del metro en una foto de tamaño considerable. Nadie me había preguntando si quería aparecer en el cartel y, por supuesto, no me hace ni puta gracia. ¿Debería montar un pollo? ¿Demandar a mi vecino? ¿Pedirle derechos de imagen (que no de autor, Patillas)?

Lo que haré será resignarme, cerrar los ojos y esperar que pasen rápido los meses que el dichoso cartel siga en toda la red de metro. Seguramente alguno de mis detractores (que como sabéis son unos cuantos) ya ande edding en mano debatiéndose entre pintarme bigote, un diente mellado, una polla en la boca o todo a la vez. No me importa demasiado, lo que más me jode es verme convertido en la imagen de un sitio que acabé aborreciendo y del que no saco casi nada más que dos años teniendo que aguantar a la peor chusma que he conocido en mi vida.

En fin, para mayor gloria de ellos, un greatest hits de mis apariciones en la prensa escrita. Eso sí, pixelado, como las niñas del Zapatero (y ahí es donde la cuelo).

Muchos besos.

lunes 14 de septiembre de 2009

Regreso a Madrid

Domingo 06: llego a casa a las doce de la noche después de casi nueve horas de autobús. Sobre mi cama dos cartas del INEM, citándome para “valorar mi incorporación” en dos cursos: Edición y Montaje y Operador de Cámara. Estoy en el paro, no tengo nada que hacer, supongo que debería pasarme.

Lunes 07: estoy cansado, no quiero hacer nada. Como, veo la tele, me llaman por teléfono. Empresa importante, tres meses de prácticas, remuneración, posibilidades de contratación, ¿qué si estoy interesado?, te llamaremos para concretar una entrevista. Me compro un teléfono móvil en una tienda del barrio.

Martes 08: madrugo, Alto de Extremadura, doscientas personas, nos pasan a una sala con ordenadores. Reparten papeles, “no es un examen, es para valorar vuestro nivel de conocimiento”. Lo hago sin ganas, salgo por patas. Como, la empresa importante no llama, les llamo yo, no consigo hablar con nadie. Creo que por la tarde voy al centro, no estoy seguro, ¿compro unas zapatillas? Es posible.

Miércoles 09: me llaman por la mañana los del curso de edición, entrevista a las seis en Alto de Extremadura. Como, hago tiempo, voy. Quedamos veinticinco, elegirán a quince, hago una entrevista extraña. Tengo experiencia como editor, manejo el Avid, buscan a un grupo homogéneo con un conocimiento tirando a bajo. Ya me llamarán.

Jueves 10: Hoy toca Vetusta Morla, ¿o era ayer?, no estoy seguro. Tengo otra cita para “valorar mi incorporación”, ésta vez en el curso de cámara, en Francos Rodríguez, el mismísimo infierno. En el metro veo a una chica de vestuario de la serie en la que trabajé, está buena, me caía bien, no recuerdo su nombre, no la saludo. En Francos Rodríguez me encuentro con Julio, que trabajó conmigo en la serie, se ha comprado el mismo móvil que yo. Hacemos cola para entregar nuestros currículums y que “valoren nuestra incorporación”. No dan abasto, no pueden entrevistarnos a todos. Un señor algo peculiar decide recoger todos los currículums con un curioso criterio de selección: “primero me dais los currículums los que sabéis menos, luego los que sabéis más y luego los que sabéis más o menos”. Julio y yo dejamos los currículums en la taquilla y salimos por patas. Ya nos llamarán. Fuera está Pilar, que trabajó con nosotros en la serie, me acerca a Guzmán el Bueno en coche. Por la tarde me llaman, al final Carlos no puede venir a ver a Vetusta Morla. El lunes que viene tocan otra vez. Supongo que iremos entonces.

Viernes 11: la empresa importante no llama, el curso de Edición y Montaje no llama. Estoy cansado, no quiero hacer nada. Ojeó internet, me apunto a un par de ofertas de trabajo. Por la tarde voy a Alcorcón, me emborracho, veo a Koma, consigo una púa de Brigi, me pisan la mano. Llego a casa a las siete de la mañana.

Sábado 12: me levanto con resaca, como, me pruebo las zapatillas que compré el martes o el miércoles, me quedan grandes y, además, no sé cómo ponerme los cordones. Voy a Segovia a ver a mi abuelo al hospital, no es agradable pero hay que hacerlo, vuelvo en el día. Juego a la oca en un bar, bebo cerveza, gano unas cuantas veces, pierdo otras. Acabo en otro bar, bebo ron, juego al billar, gano una, dejamos en tablas la segunda. Charlamos un rato fuera antes de irnos a casa.

Domingo 13: estoy cansado, no quiero hacer nada. Además es domingo. Me levanto, como, veo la tele, voy al centro comercial, me encuentro a una chica de una serie de televisión, de la misma cadena y algo parecida a aquella en la que trabajé. Encuentro a Carlos, llega Pepe, vamos al cine.

Lunes 14: me despierto a las diez, retraso la alarma, me despierto a las diez y media, retraso la alarma, me despierto a las once, retraso la alarma. Retraso la alarma de media hora en media hora hasta la una. Ojeó las ofertas de trabajo de Internet, me ducho, como, voy al centro, devuelvo las zapatillas, en HM veo trabajando como dependienta a una chica de peluquería de la serie en la que trabajé. Está buena, me caía bien, recuerdo su nombre, no la saludo. Me compro otras zapatillas, una camiseta y el nuevo disco de Berri Txarrak. Llego a casa, lo escucho, escribo éste post, me llama Carlos: “a las ocho y media en Plaza Elíptica para ir a ver a Vetusta Morla”. La empresa importante sigue sin llamar. No me importa, por alguna extraña razón, me siento optimista.

martes 8 de septiembre de 2009

Moreno Sarampión (el final del verano 2009)

Ayer a eso de las 12 de la noche volví a Madrid después de haber pasado una semana entera en Cabanas de Tavira, un pequeño pueblo situado en el Algarve portugués.

Dejando de lado lo gratificante de haber estado siete días en la playa con los colegas, he de decir que mis impresiones han sido de lo más satisfactorias. Portugal (al menos lo que he visto de ese gran desconocido) me ha dejado un muy buen sabor de boca, con regustillo a cerveza Super Bock.

Gente amable que parece agradecer algo de presencia latina entre tanto inglés, que se esfuerza (en la medida de lo posible) por entenderse en una lengua algo más diferente de lo que pensamos. Pueblos tranquilos con muchachas bronceadas por el sol, supermercados en los que se puede comprar tabaco incluso en las papelerías. Discotecas al aire libre en las que venden perritos calientes y se paga con una tarjeta que te cobran al final. Y por supuesto un nuevo acento del que enamorarse, un susurro musical y relajante que en principio no debería ser demasiado difícil de aprender.

No quería terminar mi homenaje al Algarve sin hacer mención al Guest Starring definitivo: el negro volador. Ésta es su historia y así será recordado en Beyond the Concussion.

Después de lo que le ocurrió a un amigo en Lisboa (una reyerta de discoteca con caza al español y botellazos en la cabeza), lo de entrar en una discoteca en Portugal daba algo de mal rollo. La impresión no mejoró una vez que llegamos al Ubi (¿bubi?) Bar. Después de que varios gorilas vestidos de negro y con pinganillo nos pasaran el detector de metales, entramos a una sala prácticamente vacía en la que solo destacaba una olvidada mesa de billar. Tras investigar un poco por el garito, descubrimos que la fiesta estaba fuera, en la zona al aire libre.

Los portugueses bailaban mal. Un ejército de poligoneros rapados que movían los hombros para adelante y para atrás al ritmo de una música que ni era chicha ni limoná. En seguida lo vimos claro: una mesa vacía con sillas de terraza colocada estratégicamente al lado de un futbolín. El futbolín dejaba que desear, Benfica contra Sporting de Lisboa, muñecos cabezones y pendiente tanto a ambos lados de la mesa como hacia uno de los extremos. Para colmo, los autóctonos jugaban con media y con guarra y sacaban siempre del centro. Están locos estos portugueses. Al menos la cosa sirvió para que conectásemos con algunos de ellos y entablásemos algo de conversación.

Al rato vinieron los hombres del presidente a cerrarnos el chiringuito. Cuando pensábamos que la fiesta había acabado, nos dimos cuenta de que lo mejor estaba por llegar. Mientras que la zona del futbolín quedaba cerrada, se empezaba a llenar otra zona al aire libre, ésta vez con puffs (patrocinados por Super Bock, cómo no) y un apetitoso puesto de perritos calientes (para que luego digan que los portugueses están atrasados). Pedimos unos perritos y unas copas y nos relajamos, sin saber que muy pronto ocurriría algo que cambiaría para siempre nuestras vidas.

No se bien lo que pasó. Sólo sé que Pepe acababa de traerme una copa. La mesa me quedaba lejos, así que la dejé en el suelo, al lado de mi puff. No le había dado ni dos tragos cuando de repente ocurrió.

Hacía ya un rato que nos habíamos fijado en un chico negro que deambulaba por el garito. El colega llevaba una camiseta roja y se tocaba la cabeza cerrando los ojos, cómo diciendo “menudo cebollón”. Cuando yo reaccioné ya había pasado todo, pero según aquellos que vieron la secuencia completa, ésta debió ser más o menos así:

El negro fija la vista en nuestra mesa. Algo le ocurre, quizá era una apuesta, quizá quería impresionar a alguna chavala, quizá lo de “menudo cebollón” se le quedaba corto. El caso es que cogió carrerilla, corriendo hacia nuestro corrillo de puffs, y saltó, quizá intentando demostrar que podía saltarnos por encima sin tocarnos, quizá lo de “menudo cebollón” se le quedaba muy pero que muy corto…

Saltó al estilo superman, en posición horizontal y con las piernas estiradas. Champi dice que notó su huevada en la nuca. Yo lo único que sentí fue el contenido de unas cinco o seis copas derramándose sobre mis pantalones. Lo único que ví fue la mesa volcada y la cabeza de un negro entre el puff en el que me encontraba sentado y otro en el que estaba sentada Alicia.

Exclamé “pero qué hace el tío notas” y salí escopetado a buscar a alguno de los seguratas del pinganillo. Cuando volví, el negro estaba hablando con Noé. Al parecer durante la conversación le había tirado de la perilla en un par de ocasiones. El Noé repetía “vale, pero no me toques”, mientras que un colega del negro intentaba poner paz.

Al final abandonamos la idea de que el negro nos pagase las copas. Nos sentamos en los puffs de nuevo, intentando encontrarle algún sentido a lo que acababa de ocurrir. Empezamos a descojonarnos sabiendo que era imposible y decidimos irnos del garito, sabiendo que nada de lo que ocurriese tendría ya ninguna relevancia.

Hasta ahí la historia del negro volador. No sé cómo quedará contada en el blog, pero desde luego fue un ejemplo claro de cómo a veces la realidad supera la ficción.

Apartamento en el Algarve: 400 euros
Taxi de Cabanas a Tavira: 9´50 euros
Ron con Coca Cola en el Ubi (¿bubi?) Bar: 5 euros
Perrito Caliente: 2´50 euros

Que un negro volador se tire en plancha sobre tu mesa no tiene precio.

Proximamente: regreso a Madrid, dos cartas y una llamada…

CONTINUARÁ….